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El Gran Gatsby

06/06/2013 | por BORJA MUREL

“Las niñas ricas no se casan con jóvenes pobres”. Esa frase de boca de la protagonista de “El Gran Gatsby” define totalmente el alma de la obra. El libro escrito en 1925 por Scott Fitzgerald, era un fiel retrato de la deshumanización de la sociedad adinerada americana antes del crack de 1929. Una sociedad que sólo pensaba en las fiestas, en aparentar, en juntarse con el que tenía los bolsillos más llenos, y que vivían en la más absoluta banalidad, sin apego real por nada ni por nadie.

En la cúspide del “american way of life” de esa época, un personaje puro, Jay Gatsby, logrará abrirse paso desde la clase más baja hasta la más alta cima de la sociedad con una sola meta: reconquistar el amor que le fue negado por su estatus social. Si alguno ha tenido el placer de ver la maravillosa adaptación cinematográfica de la novela que llevó a la gran pantalla en 1974 el director Jack Clayton, se habrá sentido bastante decepcionado ante esta nueva revisión dirigida por Baz Luhrmann.

Luhrmann vuelve a pecar de todos los excesos que caracterizan su cine; y que en obras como “Moulin Rouge” (deslumbrante de principio a fin) lograron transformarse en grandes virtudes. ¿Sabéis a lo que me refiero verdad? Movimientos de cámara frenéticos, efectos especiales por doquier, música actual en un contexto clásico… y un largo etcétera que el director viene regalando a los espectadores desde que saltase a la fama con su personal adaptación de “Romeo + Julieta” en 1996 y que en la película que nos ataña se convierte en simple pirotecnia.

Decir que bajo una dirección cargada de fuegos artificiales y parafernalia, se encuentra un guión bastante pobre, obra del propio director, que si se compara con el que escribió Francis Ford Coppola para la adaptación de 1974, se queda nada menos que a la altura del betún. Coppola optaba por la sutileza en la narración, había hechos que se le ocultaban al espectador con el propósito de crear una tensión argumental: la idea de sugerir en vez de mostrar; Luhrmann toma el camino contrario, cuenta todo al espectador desde el primer momento, estropeando gran parte de la tensión de la historia y sacrificando cualquier tipo de sorpresa en el argumento, sobretodo en la parte final del metraje.

La versión de 1974 profundizaba mucho más en los personajes, en las motivaciones que los habían llevado hasta el punto en el que se encontraban; y otorgaba a la protagonista femenina una distancia calculadora y una frialdad disfrazada de dulzura de la que carece la protagonista de la nueva versión. Si bien DiCaprio y Maguire dotan a sus personas de una cierta veracidad y ofrecen unas interpretaciones bastante sobrias, el elenco femenino es bastante flojo. Carey Mulligan es una Daisy descafeinada, al lado del grandísimo papel que hizo Mia Farrow en 1974. Y es que su personaje es el eje verdadero de la historia. Alguien que desea amar, que se muere por sentirse querida y deseada, pero cuyo autentico amor es el egoísmo y el dinero.

Los que no hayan visto la versión antigua disfrutarán con este Gatsby pasado por la batidora Moulin Rouge, pero encontrarán que a la historia le falta algo… tensión… profundidad… sorpresas… justo eso lo encontrarán en la versión de 1974, que de una forma mucho más sutil, jugando con miradas y situaciones que se le ocultan al espectador, logra trasmitir mucho más sentimiento.



Para terminar apuntar que por muy buen actor que me parezca Leonardo DiCaprio (que película tras película va mejorando sus registros), me quedo con el Gatsby que interpretó Robert Redford; mucho más sutil, tímido, real, enamorado; película que contaba con un reparto maravilloso, con una brillante y efímera Mia Farrow, un joven y agresivo Bruce Dern, y una delicada y chabacana Karen Black, con un guión perfecto de la mano de Francis Ford Coppola, y con una dirección majestuosa (a pesar de abusar del zoom óptico tan de moda en los 70) de la mano de Jack Clayton. Director del que por cierto recomiendo encarecidamente una película que me dejó boquiabierto “Suspense- The Innocents” de 1961, de la que seguramente hablaremos en esta sección más adelante. Pero eso es otra historia.

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